lunes, 15 de septiembre de 2014

EL YUSO SE HA QUEMADO

Aunque confieso que no soy seguidor de una ética ambiental biocéntrica -aquella que reivindica igual valor para todos los seres vivos- pues en un conflicto entre hombres animales y plantas yo me posiciono como antropocéntrico, en fin aristotélico que se siente uno, he visto como una abubilla pisoteaba las cenizas entre estepas, quejigos y enebros calcinados por el fuego… ¿Y cómo no regresar del estío con un lamento? Por ello he querido ilustrar este post con estas imagenes lastimeras que han quedado grabadas en mi retina -a sangre y fuego que diría Neruda- del incendio del monte “El Yuso”. Miedo, pena, rabia… sentimientos que denuncian un mundo rural desamparado, frágil, como un anciano que se enfrenta a un entorno hostil y que ve amenazada su existencia por la soledad, por una caída quizá, o por el descuido. Fui testigo del incendio que el pasado uno de septiembre asoló buena parte del “Yuso”, ese reino de las sombras de 700 has. que compartimos Puentedura y Quintanilla del Agua y es difícil sustraerse a algunas reflexiones sobre el suceso: la primera, la impresión subjetiva que queda cuando el monte se quema que no es otra que la de pérdida de la memoria individual -como en el Alzheimer- y colectiva, el sentimiento de nostalgia por unos lugares de gran valor ambiental, espiritual y material. También significa una pérdida de futuro por el valor ecológico del bosque donde se posa la biodiversidad y el CO2. Queda este otro testimonio gráfico, como si de un epitafio se tratase, de la inicial de la dueña -la F de Felisa-, chamuscada en un tronco de enebro. La segunda, los datos objetivos: se ha perdido la mitad del monte. Como si un anciano perdiera la mitad del calcio de su esqueleto, se ha perdido un ecosistema que alberga infinidad de especies: se han perdido sabinares, esa madera imputrescible, y quejigos y encinas centenarias que daban cobijo a rabilargos, águilas, córvidos, estorninos y abubillas… (como aquella superviviente que he visto sorteando estepas y enebros y paseando sobre un suelo tórrido y cadavérico). La administración ha hablado de causas antrópicas, quizá de negligencias, de la necesidad de limpiar y repoblar, pero no ha reparado en la eficacia de los medios antiincendios, en la ausencia de planes de prevención (concentración, caminos…) en la información y sensibilización de la población. Por último, la percepción social del suceso. Me temo que la población no siente aquello de “cuando el monte se quema algo suyo se quema” -que decía aquel “slogan” del ICONA-. Tengo la impresión de que la legislación sobre montes es vista como algo elitista que no tiene en cuenta las necesidades de la gente; no hemos de olvidar que un monte útil estará mas protegido y preparado para conservar los recursos naturales.

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